Diócesis de Mayagüez realiza ejercicios espirituales del clero diocesano

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En medio de la  difícil y precaria situación  en  que nos encontramos hemos hecho el esfuerzo da continuar el programa planificado. En nuestra diócesis solemos tener los ejercicios espirituales la segunda semana de noviembre. Estaba ya definida la fecha, el lugar, los recursos. La embestida del huracán supuso alterar lo planeado.

En comunión con el Obispo decidimos seguir adelante haciendo ajustes. Aunque han sido unos ejercicios en cierto modo accidentados, no hemos permitido que las circunstancias nos arredren. Mas allá de las carencias, necesidades y de la emergencia que vivimos está el deseo de permanecer como los discípulos a la escucha del Señor. Nuestra prioridad es estar junto a Él.

Agradecemos a las Hermanas de Schoenstatt su acogida. El Santuario en Cabo Rojo tuvo daños materiales. Aun en el momento de nuestros ejercicios careció de energía. Igualmente agradecemos la disponibilidad y espíritu fraterno de Mons. Elías Morales, Rector del Seminario Regina Cleri de Ponce, quien dirigió los ejercicios. Nos ofreció generosamente su tiempo y entrega para ayudarnos a reflexionar sobre donde estamos como presbíteros en nuestro peregrinar al Reino.

En una reflexión colmada de referencias evangélicas y documentos pontificios, con especial relevancia Pastores Dabo Vobis y Evangelium Gaudium, Aparecida, Directorio de Ministerio y vida de los Presbíteros entre otros, nos fue guiando nuestro director de ejercicios.  Jesús nos llama, Dios nos ama como Padre.  Elegidos por amor y para el amor. Nos confía la misión, ser sus testigos.  Nuestra mirada debe permanecer fija en El.  Somos llamados a la comunión que se cimenta en el misterio trinitario.  Desde la Santa Trinidad hemos de comprender y contemplar al otro como un don.

El Presbítero enfrenta los retos y riesgos de estar inmerso en el tiempo, en el mundo. Ha de vivir en el mundo sin pertenecerle a el.  Igualmente es llamado a intimar con Dios siendo orante. La oración es indispensable en la vida presbiteral.  Orar para estar con quien nos ama y a quien nos comprometemos a amar sobre todo.

Somos llamados igualmente a la santidad.  Ser santos es un don y tarea.  Inmersos en el Espíritu, conscientes de que ante todo es gracias, hemos de labrar tal santidad en nuestra vida. El presbítero diocesano tiene una espiritualidad propia en la que se santifica.  Es el ejercicio de la caridad pastoral. Santificando se santifica.  Conscientes de la humanidad que nos condiciona, que conlleva fragilidad y limitación, hemos de confiar en la acción del Espíritu en nosotros.

Hemos sido elegidos para ser signos y testigos de la Palabra de Dios. La Palabra es indispensable en nuestra vida. Asumirla, transmitirla fielmente, sabiéndonos edificados y fundamentados en la Palabra de Verdad y Vida.  El presbítero ha de irradiar el modelo del Buen Pastor, Cristo. Tal irradiación se manifiesta en el estar, acoger, escuchar, guiar y proteger a quienes le son confiados para su custodia. Exige el rechazo de toda forma de aprovechamiento o daño del rebaño.     

Somos pastores que hemos de vivir el amor sin medida ni exclusividad. Dios es el centro, nuestros hermanos destinatarios y colaboradores que esperan nuestro testimonio  fraterno. En el camino la Virgen María es modelo y sostén de nuestro peregrinar. Duc in altum (Luc. 5, 1-11), remar mar adentro es nuestra misión. No finalizan los ejercicios sino cuando rindamos cuentas ante el tribunal en el que seremos examinados en el amor.

Nuestra gratitud a Mons. Elías Morales por su claridad, fraternidad e intensidad en el llevarnos a tener los ojos fijos en Jesús.