Celebremos el llamado a la eternidad de Monseñor Romualdo Ortiz Vega

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Este 16 de noviembre se han cumplido 8 años de la llamada a la Casa del Padre del recordado Padre Romualdo Ortiz. El siempre prefirió que le llamásemos Padre. En su sencillez y humildad rehuyó constantemente todo título o trato especial.  

Como lo hemos hecho cada año desde su partida nos daremos cita en el templo parroquial de San Juan Bautista de Maricao. Lo hacemos para honrar su memoria, implorar la gracia de su futura beatificación y pedir en la comunión de los santos su auxilio para nuestra tierra.

Iremos sacerdotes y fieles, uniéndonos a nuestros hermanos de Maricao, el viernes 17 de noviembre y celebraremos la Eucaristía a las 10:00 a.m. En medio de la dolorosa situación que siguen viviendo muchos compatriotas por la devastación que ocasionó el huracán, vamos a implorar por la pronta recuperación de nuestro pueblo.

Mons. Ortiz amó esta su tierra. Fue un hijo fiel de Borinquén. Es conocido que Maricao fue su lugar preferido, allí vivió gran parte de su ministerio. Su cuerpo reposa en ese hermoso pueblo montañoso porque fue su predilección, aunque sin imponerlo, aceptando la voluntad de Dios y el parecer de su familia.

Recuerdo vivamente la disposición de Mons. Ortiz por servir a los desvalidos y pobres. Fue un ser humano totalmente desprendido, nunca quiso nada para él. Todo lo que le era dado como regalo siempre lo puso en manos de quien lo necesitase y quisiese. Cuando compartimos ministerio en la Parroquia Santa Risa de Lima en Rincón, llego un fiel pidiéndome que le preguntase a Mons. Ortiz si le vendía un crucifijo que había visto en su habitación en los momentos en que allí dialogó con él. Mons. Tenía varios que le habían regalado de diversos tamaños. Eran tallas hermosas.

Cuando fui a dar a Mons. el aviso su respuesta inmediata fue, dile que no vendo nada, que tome el que quiera y lo lleve, los otros son tuyos. Conservé aquel crucifijo con ilusión. Lo llevé a las adoraciones juveniles con veneración. Llegó el momento de desprenderme de él, recordando el gesto y testimonio de Mons. Ortiz. Cuando me mudaba de Sabana Grande, bajaba mi crucifijo para llevarlo conmigo. Varios fieles comentaron que era hermoso, dije cualquier cosa dejo y regalo, pero este crucifijo fue un regalo de Mons. Ortiz y no lo doy hasta mi muerte. Una fiel me dijo con lo bien que quedaría en la Capilla de mi comunidad, el nuestro es pequeño. Pensé que Mons. Ortiz lo daría sin reservas, y le dije, si es para la Capilla lo dejo, pero nunca salga de allí, y siempre tengan presente que perteneció a Mons. Ortiz.

Su vida y obra es un legado que queremos y debemos conservar. En esta etapa dolorosa de la vida de nuestro pueblo seguro Mons. estaría donándose en su sencillez, compartiendo lo poco que podría tener y estando disponible para escuchar, consolar y animar a cuantos fuesen a su encuentro.

Les invitamos a compartir en este encuentro el viernes 17 en Maricao. En la memoria de la fe celebramos la vida y testimonio de un siervo fiel. Sacerdotes y fieles estamos llamados a emularlo en su entrega y servicio incondicional.