Misas de aguinaldo, tradición de un pueblo creyente que espera el nacer de Dios

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Nuestro pueblo ha celebrado nuevamente la novena de misas de aguinaldo. Son las ferias privilegiadas del Adviento. Levantarse en la madrugada y acudir al templo para alabar, bendecir, glorificar al Señor que viene. En la noche, que simboliza las tinieblas que envuelven al mundo, esperamos la luz que viene de lo alto, al sol de la verdadera justicia, que es Cristo.

En medio de los avatares del presente, de las circunstancias difíciles que ha vivido y vive nuestro pueblo, se hace visible la esperanza que brota de la fe. La liturgia de la Iglesia es hermosa en sus expresiones, signos, sobre todo en la Palabra que nos es dada. Una Palabra que siempre ilumina nuestro acontecer y nos anima a renovarnos. No es óbice para continuar nuestra lucha la precariedad, carencia y necesidad que tienen tantos. Más bien es incentivo para esperarlo todo de Dios y en El poner nuestra radical confianza.

Contemplamos en estas celebraciones las acciones de Dios, las mirabilia Dei de las que comentaron los Padres de la Iglesia.  Se nos presenta en su acontecer salvífico como el Dios que hace posible lo imposible. Del mismo modo que la frustración, desolación y agobio de las mujeres estériles de Israel se vieron superadas por la acción misericordiosa del Señor, que hizo brota la vida de sus senos muertos, así nuestro pueblo resurgirá de la muerte.

La primera experiencia de resurrección que vivió Israel fue el surgir la vida del seno muerto de Sara, mujer de Abraham. Cuando parecía que ya no había esperanza alguna, Dios interviene y le concede el don de un hijo. Abraham antes se ha fiado, ha seguido su invitación a dejarlo todo, tierra, posesiones, seguridad, por ir tras su promesa. Creyó y esperó como afirma la Escritura contra toda esperanza. Escuchó su llamado: ´´deja tu casa, tu familia, tu tierra y ve en busca de la tierra que te voy a mostrar´´(Gen 12,1-3).

El patriarca se abandona, cree en la promesa. Deja todo lo que es seguro para lanzarse a la aventura de la fe. Es lo que nos pide hoy el Señor a nosotros. La experiencia vivida. La devastación provocada por el huracán que nos azotó, cuya secuela aun padecemos, es igualmente llamada a dejar nuestras seguridades y fiarnos de su providencia y misericordia. Muchas veces hemos puesto el corazón en lo que solo provoca vaciedad, ansiedad, desesperanza y soledad. Son muchos los que han creído que la ´salvación’ de nuestro pueblo viene de ideologías, proyectos trasnochados, expectativas fallidas, en ayudas externas que quedan solo en ofrecimientos muy propios de promesas electorales que nunca se cumplen.

Dios viene, en Jesús se hace cercano. Si el corazón se hace pesebre para acogerlo estaremos abriéndonos a su acción salvadora. No ponemos en su camino y le permitimos obrar en nuestro acontecer viviendo de plena confianza en El. Permitámosle dar vida a lo que aparenta estar muerto en nuestro interior.