Profesión Solemne de votos perpetuos de Sor Damaris O.Carm.

Noticias
Typography

“He aquí la sierva del Señor; hágase en mí según tu palabra” He sido mirada con misericordia por Jesús y amada por Él. Con estos sentimientos realicé, libre y voluntariamente, mi Profesión Solemne (Votos Perpetuos) en la Orden del Carmen el pasado 26 de enero de 2019.

Y brota de mi alma un cántico de alabanza, de acción de gracias y de adoración a Dios. Quiero cantar, Señor, tus misericordias, ya desde el hoy de esta vida que es el inicio de la eternidad sin fin. Te doy gracias Dios mío por llamarme a la vida, por haberme hecho tu hija por el bautismo y por llamarme a ser monja carmelita. Gracias Señor por amarme y llamarme a tu servicio, a ser el amor en el corazón de la Iglesia.

Estoy convencida de que la vocación a la vida consagrada brota de la gracia bautismal, del Corazón de Cristo traspasado en la cruz. Para mí, estar consagrada a Dios es comprender que Él me ama con un amor infinito, que me ha elegido para una misión, y de mi parte corresponderle con una respuesta generosa y llena de amor, totalmente libre y voluntaria, libre de todo egoísmo, cada día. Ser consagrada es pertenecer únicamente a Dios y a la misma vez abrazar a toda la humanidad en ese amor de Dios. Estar consagrada es seguir a Cristo casto, pobre y obediente, y configurarme con Él hasta la plena identificación y transformación en Cristo. Es decirle sí a Jesús, que me ha hecho comprender que me ama y me quiere para Él. ¿Cómo yo, viendo el excesivo amor que Jesús me ha manifestado haciéndose hombre y muriendo tan dolorosa muerte en la cruz, iba a decirle que no? Si no hay en esta vida persona que más me haya amado (ni la habrá), fuera de Él, ¿cómo no amarle, y pedirle poder corresponder con más amor cada vez, poder amarle hasta la locura?

Viendo el extremo amor que Jesús me ha manifestado naciendo en un pesebre, viviendo oculto por 30 años, pobre, trabajando, y luego pasando tantos sacrificios en su vida pública, padeciendo tanta persecución, y muriendo tan dolorosa muerte en la cruz, por amor a nosotros y nuestra salvación, y entendiendo cuánto nos ha amado, y que me llamaba ¿cómo yo iba a decirle que no? Y no conformándose sólo con morir en la cruz, quiso no dejarme huérfana. Quiso permanecer aquí en este destierro, realmente presente y glorioso en la Santísima Eucaristía. Más aún, Jesús lo ha arriesgado todo,  exponiéndose al abandono, a los ultrajes, al desamor y olvido de las almas que Él ama tanto, que muchas veces no le corresponden a su amor.  Y quiso quedarse con nosotros por puro amor nuestro, para ser nuestro alimento, nuestro compañero, nuestro refugio, nuestro sumo Bien, el único tesoro, la vida de mi alma, el amor de mi corazón, más íntimo a mí que yo misma, más tierno y amoroso que una madre, Esposo amantísimo, el mejor amigo y el que nunca falla, el siempre fiel a pesar de mis muchas ingratitudes e infidelidades. Así es Jesús, así ha sido Él para mí. Jesús ama a cada alma personalmente.

Y es cuando una experimenta este amor y se encuentra tan amada por Dios, que ya no quiere sino entregarse a Él en cuerpo y alma, ser solo para Él y hacer su voluntad. Entonces Dios te hace ver que a Él se le ama en concreto, es decir, en el prójimo. No basta amarle de palabra, sino también con las obras. Jesús mismo lo enseñó y lo mandó: “Este es el mandamiento mío: que se amen los unos a los otros como yo los he amado. Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos. Ustedes son mis amigos, si hacen lo que yo les mando” (Jn 15, 12-14).  Fui llamada por Él a seguirle en el Carmelo. Esta ha sido su voluntad para mí. Y la gracia de decirle sí se la debo e Él mismo y a su Santísima Madre, mía también.  

Tal vez para muchos la vida de una monja es un derroche inútil, habiendo tanta necesidad en el mundo. Algo así dijeron de María, la hermana de Marta, en aquella cena de Jesús en Betania (Cf. Mt 26, 6-13; Mc 14, 3-9; Jn 12, 1-8). Si tú sientes que el Señor te quiere para Él, te diré que no temas y le digas: Sí, Jesús mío. Y también: ¿Qué quieres que haga? Aquella mujer no tuvo reparos ni pensó en el qué dirán: fue a los pies de Jesús y se los ungió, derrochando aquel perfume caro, solo para demostrarle a Él su amor y agradecimiento. Y como murmurasen de ella, el mismo Jesús salió en su defensa, diciendo, “¿Por qué molestan a esta mujer? Pues, una obra buena ha hecho conmigo” (Cf. Mt 26, 10) Y sabemos que a Jesús le agradó sumamente aquel gesto de amor. Pues, ánimo, démosle el derroche de nuestra vida, que ha costado el precio de la Sangre de Cristo.  Derramemos con amor nuestras vidas en sus pies, para que el buen olor de Cristo se difunda por toda la Iglesia, y llegue a todas las almas para atraerlas a Cristo y tengan vida en Él. Y si sientes que él te llama a ser sacerdote, o te llama a la vida religiosa, o a ser monja contemplativa de clausura, haz como la Virgen, dile que sí y no temas. Como Ella, experimenté también el deseo de reservarme solamente para el Señor, y corresponder a su amor dándole el mío, sí, mi pobre, pequeño e imperfecto amor, pero amor al fin. Si esperara a amarle con perfección no comenzaría en toda la vida. Jesús nos va purificando. Y Él es quien da la gracia serle fiel cada día. La obra es de Dios. Es Él quien obra nuestra santificación. Uno hace como aquél que puso sus cinco panes, pero el milagro es de Jesús.  A imitación de María, que fue toda de Dios quiero yo decirle a Dios día tras día, junto con Ella: “He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu Palabra” (Lc 1, 38). Haz tú lo mismo.